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sábado, 24 de noviembre de 2018

CONFIDENCIAS DE UN EDITOR DE TEATRO: EL PÚBLICO DE(L) TEATRO


EL PÚBLICO DE(L) TEATRO
Sin público no hay teatro. Este es un axioma irrefutable. Sin público el teatro no existiría. Es uno de los elementos imprescindibles del esquema comunicativo del teatro. Es el receptor. Y sin receptor, no hay comunicación. El público es uno de los grandes enigmas de este mundillo, y tan insondable como la eucaristía para los cristianos.
Autores que buscan su público
Se han intentado hacer diversas clasificaciones del público y todas tienen su problemática. Lo que parece claro es que el público ha evolucionado dependiendo del lugar que ocupa el teatro en el tejido social de cada época. En la actualidad podemos decir, a priori, que debe de haber tantas clases de público como tipos de teatro. Pero los compartimentos nunca son estancos.
Mucha gente de teatro suele (solemos) tener un ramalazo reduccionista y creemos que el teatro es solo el teatro que podríamos llamar artístico. No incluimos en nuestro imaginario el teatro comercial y el teatro musical. Estas dos vertientes son, precisamente, las que más público llevan al teatro. Y, por tanto, nuestra percepción del público está algo más que sesgada.
El público de este teatro artístico, que bebe del teatro griego antiguo y se retroalimenta del renacentista y barroco, para terminar incorporando todas las innovaciones surgidas desde finales del s. XIX, es hoy en día un público supuestamente formado y con una cierta pátina intelectual. Una pátina cada vez más residual en un ambiente dominado por la inmediatez y la falta de análisis de la realidad que nos rodea. De ahí que la inconsistencia del discurso teatral no sea más que un reflejo de la fragilidad del ámbito social en el que surge. Y el público, evidentemente, es parte de este deambular sin rumbo en el que nos hallamos todos embarcados.
Libros de Esperpento Ediciones Teatrales
Dentro de este marco hay margen para un “cierto” éxito de algunas propuestas que están tirando del carro bajo ciertas marcas autorales o corporativas. Posiblemente de ahí derive la idea de que la dramaturgia española actual atraviesa un buen momento. Y seguro que es verdad. Lo que a veces no quiere verse es la multitud de propuestas que nacen y mueren en los meandros de la invisibilidad, la mayoría de las mismas con un paso efímero por las llamadas salas alternativas y que, como mucho, quedan emparedadas en la letra de unos libros de teatro que se leen muy poco.
 Un buen amigo sostiene que el teatro alternativo tiene que estar subvencionado para poder sobrevivir. Yo le negaba esta máxima creyendo que la permanencia tiene que venir de la autosuficiencia. Hoy en día no lo tengo tan claro. Lo que sí que voy teniendo cada vez más claro es que los dineros públicos deberían de invertirse en la promoción del teatro de base, y no en alharacas derrochadoras que no reportan nada al propio teatro. El dinero destinado al teatro por las administraciones públicas, como bien de interés cultural, es descaradamente insuficiente, pero también podemos convenir que su distribución es fatalmente inconveniente.
Las salas de pequeño formato, donde malvive el 80% de los profesionales del teatro, no son viables nada más que, escasamente, para aquellos que las regentan (otros héroes de este entramado), pero para las compañías no sale a cuenta nada más que para matar el gusanillo. Para estabilizar este aspecto haría falta poner los precios de las entradas a 40 o 50 euros como mínimo. En la actualidad si pasas de 12 o 15 euros lo mismo te quedas solo con el técnico. Ahí está, por tanto, un campo de actuación claro de las administraciones públicas. Subvencione usted más al público y no tanto a los teatros públicos, le diría yo a los políticos, y verá usted como el asunto empieza a funcionar.
Últimas novedades de la editorial
Uno de los mayores escollos a la hora de ver la situación general son las grandes cifras ofrecidas por los anuarios y estudios sobre las artes escénicas (SGAE, Academia de las Artes Escénicas, etc.) que solo recogen macro-cifras que no dejan ver el bosque de la situación real del sector. Hablar de más de 2.000 millones de recaudación el último año parece una broma cuando el 2,5% de las compañías recaudan más del 30% de los ingresos totales (aquí se incluyen, por supuesto, musicales y teatro comercial). Y del resto hay que contar con que el 75% de los teatros son públicos y la mayoría no cuenta con una programación regular, y mucho menos fuera de los fines de semana. Sin embargo el 63% de las compañías teatrales activas tienen menos de 4 trabajadores y suelen recalar en el 8% de los teatros, que son los que tienen menos de 200 butacas y son de titularidad privada. Cutre, no; lo siguiente.
El problema es que en esta ecuación el público importa poco a los poderes públicos. No cuenta para nada. No es un factor a tener en cuenta. Si nadie cuida a los profesionales, ¿quién va a cuidar del público? Pero el público es fundamental para la permanencia del hecho teatral, como ya hemos visto.
Los públicos que ahora atraemos al teatro con el dinero público es el que va a ver a las grandes estrellas mediáticas de la televisión, que encuentran en el teatro un lugar para fisicalizarse ante sus fans. Esto deriva inevitablemente en producciones cercanas al teatro comercial, que muchas veces se pagan con dinero de todos. Y por otra parte también se destinan bastantes recursos a un cierto público “cautivo” (jóvenes, mayores, sectoriales, etc.) que tampoco parece repercutir en la formación de públicos sólidos que se incorporen al tejido teatral, sino que simplemente intenta lograr “otros” fines recurriendo al teatro para justificarse.
Últimas puestas en escena de obras publicadas en la editorial.
El público es ese gran desconocido del mundo teatral. Es un “ente” abstracto manoseado por políticos y programadores para otros fines que nada tienen que ver con la cultura. Sin caer nunca en el aburrimiento (término ominoso), el teatro tiene que cautivar al público desde nuevas propuestas capaces de atraer cada vez a más personas a esta fantástica aventura. El público tiene que ir al teatro por que le guste ir al teatro. Y, por supuesto, el teatro debe de ser accesible al público.
Evidentemente, y como editor de teatro, creo que nadie debe de olvidar que “el teatro también se lee” y si no conseguimos que el público disfrute tanto con las puestas en escena como con la lectura de las obras teatrales, no saldremos nunca de la irrelevancia. Y creo, firmemente, que el público teatral será lector o no será…


miércoles, 29 de agosto de 2018

CONFIDENCIAS DE UN EDITOR DE TEATRO: EL/LA DRAMATURGO/A, SUS OBRAS Y SUS LIBROS.


EL/LA DRAMATURGO/A, SUS OBRAS Y SUS LIBROS.
Dramaturgo/a es una persona que escribe teatro. El autor o autora de obras dramáticas. Por extensión, según la RAE, es una persona que adapta textos y monta obras teatrales. El teatro es un género literario y, como todos sabemos, las obras teatrales tienen la potencialidad de convertirse en puestas en escena. Es decir, es espectáculos teatrales.
Cuando un/a dramaturgo/a escribe una obra de teatro, por lo tanto, tiene dos vías para visibilizar su trabajo: publicar la obra y ponerla en escena. En este artículo vamos a centrarnos en la edición y publicación de obras teatrales (como buenos editores que somos) y la relación de su autor/a con el objeto resultante: el libro.
Hoy en día la edición de libros, en general, atraviesa un momento complejo por cuestiones tecnológicas (e-book), económicas (microempresas), sociales (función del libro), etc.. La edición de libros teatrales es todavía, si cabe, más compleja. La supuesta e intrínseca dificultad de lectura del género teatral solo puede solventarse desde la temprana iniciación en estos menesteres. Por desgracia el sistema educativo español desprecia toda una rica y variada tradición autóctona que nos llevó en el llamado “Siglo de Oro” a ser los más influyentes en la cultura occidental y que no ha dejado de producir verdaderas obras maestras (Lorca, Valle-Inclán, etc.).
La escritura de teatro en España parece atravesar, ahora, una cierto auge que no parece corresponderse con sus cifras de lectura (ni por la influencia social de las puestas en escena). El papel social del teatro ha cambiado en los últimos cincuenta años y se ha convertido en un referente, sino marginal, al menos anecdótico.

Una obra de teatro es como una criatura a la que hay que cuidar y alimentar. En el panorama actual si alguien se piensa que por el hecho de publicar una obra de teatro ya está todo hecho, se equivoca. Y al igual que queremos que nuestra obra se ponga en escena (y por supuesto vaya gente a verla), también queremos que nuestro libro se lea. Porque, al fin y al cabo, el arte también es una forma de comunicarse. Y para verificar el esquema básico de la comunicación hay que asegurarse que existe un receptor.
Y para lograr lectores o espectadores hay que trabajárselo mucho. Si abandonas a tu criatura al albur de la vorágine mediática, seguramente morirá de inanición. Si eres un/a dramaturgo/a tienes que luchar por tu obra. Tienes que darla a conocer entre las miles de propuestas de todo tipo que inundan el saturado mercado de la cultura.
Hace unos años publicar un libro parecía ya una garantía de una cierta difusión. Tiradas grandes y menos editoriales (aun habiendo menos lectores) hacían que el que publicaba un libro pareciera alguien… importante. La democratización de la cultura (sobre todo debida a la mejora en la accesibilidad y abaratamiento de costes) ha dado paso a un nuevo fenómeno: la invisibilidad. La censura perdió su razón de ser con las nuevas tecnologías. La mismísima China o Rusia, que son el paradigma del fracaso del “gran hermano” orweliano, saben que no se pueden poner puertas al campo. Más maquiavélico es el capitalismo liberal que relega la subversión mediante la marginación y el olvido.
En esto, como en todo, por supuesto que hay niveles. Además de progresar artísticamente, para salir del ostracismo no hay más camino que el trabajo: difusión, comunicación, implicación, etc. Las editoriales como ESPERPENTO EDICIONES TEATRALES son exponentes de la extrema fragmentación cultural/editorial en la que vivimos. Una microeditorial, y más en el caso del teatro, lo único que puede hacer es conformar un catálogo coherente y de calidad, que se convierta en referente tanto para el público lector/espectador como la el medio profesional en el que se desenvuelve. Además, debe de contar la inestimable e ineludible apoyo de todos sus autores, tanto ensayistas como dramaturgos/as, para poder alcanzar sus fines, que no son otros que la difusión del teatro como forma de expresión artística que cuestiona el mundo en que vivimos.
Fernando Olaya Pérez
Editor de Esperpento Ediciones Teatrales

martes, 12 de junio de 2018

CONFIDENCIAS DE UN EDITOR DE TEATRO: ESCRIBIR, PRODUCIR Y LEER TEATRO

CONFIDENCIAS DE UN EDITOR DE TEATRO 

“ESCRIBIR, PRODUCIR
 Y LEER TEATRO.”


Fernando Olaya Pérez
 (Editor de Esperpento Ediciones Teatrales)



ESCRIBIR, PRODUCIR Y LEER TEATRO

La escritura teatral parece disfrutar últimamente de un cierto auge o predicamento en un exultante y, a la vez, confuso panorama escénico español. El teatro, como ya todos deberíamos saber, es un arte escénico que engloba variados artes y oficios. Pero tampoco debemos de olvidar que el teatro es un género literario, y como tal requiere un texto. Una concatenación de palabras con uno o varios sentidos dispuestos de una determinada forma. Una de sus virtualidades, incluso de sus finalidades, es la de (poder) ponerse en escena. La otra es la apuntada de actuar como un género literario autónomo, que puede también alcanzar su plenitud mediante la lectura. Lo que no existe es el arte escénico sin un texto (aunque sea implícito). Y aquí es donde empieza una larga polémica aún no resuelta del todo.
El caso es que la dramaturgia, o arte de escribir teatro, parece que goza de una cierta o aparente buena salud. Para ser dramaturgo/a hay que conocer, como mínimo, los engranajes de este género literario, así como las técnicas teatrales que dan soporte al arte escénico al que da, o puede dar, lugar. Esto, que parece de cajón, fluctúa en la práctica entre dos extremos maximalistas: el escritor que no sabe lo que es el teatro y el teatrero (actor-director de escena) que no sabe escribir. Desde ambos extremos se aventuran gentes de todo tipo y condición en el difícil arte de crear un texto literario-dramático. Por definición sabemos que todos los extremos son malos. O, por lo menos, tienen poca fiabilidad. Según avancemos en el conocimiento y dominio de ambas habilidades, mayor será la probabilidad de alcanzar el éxito en nuestro propósito.
Estas reflexiones engarzan con la “problemática” que supone poner en escena una obra teatral. En un sistema donde la industria no existe (o se reduce al musical importado y algunas producciones comerciales), los teatros públicos son un gueto más o menos del agrado de unos o de otros, y donde la mayoría de las producciones recaen en eso que se ha venido a llamar “escena off”, el panorama no es demasiado alentador. De ahí la pregunta: ¿qué fue primero el texto o la puesta en escena? Como el asunto de la gallina, este tampoco en sencillo de dilucidar.
Antiguamente (no tanto en la época de los griegos sino más bien hace 25 o 30 años) los libros eran un vehículo fundamental en la transmisión del conocimiento, en este caso teatral. Coincidió por entonces (en España entonces llegaba todo con retraso) la polémica entre directores de escena y dramaturgos a propósito del papel del texto en las puestas en escena. Aquel debate estéril derivó en el desapego hacia los textos teatrales de toda una nueva generación de actores y directores de escena. Y como consecuencia la apertura de una brecha entre dramaturgia y puesta en escena. Una brecha artificial, ya que después de los movimientos más o menos experimentales de los años 60 y 70 (en Europa y USA) el teatro se ha mantenido, irremediablemente, en el redil del texto. Con la importancia que le queramos dar, pero sin volver a cuestionarlo como elemento indispensable.
El caso es que ahora la producción, mayoritariamente, parte de mecanismos precarios impulsados por los propios ejecutantes del hecho teatral. Actores que se convierten en directores de escena. Directores de escena que se convierten en dramaturgos o dramaturgista. (Sin desdeñar el papel que van jugando los planes de enseñanza artísticos, reglados o no.) Y estos últimos se convierten, inevitablemente, en productores teatrales. Eso sí, precarios.
Este proceso tiene el hándicap que en el mismo la transmisión de ese conocimiento no está del todo garantizada. Al final todos nos estamos convirtiendo en especialistas (por obligación) de tres o cuatro oficios teatrales, lo cual lleva (pese al entusiasmo y el esfuerzo) a una banalización de algunos de ellos. Y no solo por relegación, sino también por ignorancia.
Y ahí es donde los libros son fundamentales. Y no lo digo solo como dramaturgo y editor (que también), sino por la sencilla razón de que el teatro es un arte mutifacético que exige un conocimiento de muy diversas técnicas, oficios y tradiciones. Leer es un placer (lamentablemente solo para algunos). Lo que me parece incuestionable es que si te dedicas al teatro y no te gusta leer, tienes un serio problema.  

 

lunes, 9 de abril de 2018

CONFIDENCIAS DE UN EDITOR DE TEATRO: EL INCREÍBLE CASO DE LOS SHAKESPEARE´S ESPONTÁNEOS


CONFIDENCIAS DE UN EDITOR DE TEATRO 

“El increíble caso de los 
Shakespeare´s espontáneos...”


Fernando Olaya Pérez
 (Editor de Esperpento Ediciones Teatrales)



Como editor de textos teatrales uno se encuentra con casi de todo. Bueno, malo y regular. Era de esperar… Probablemente uno de hechos recurrentes que más hayan llamado mi atención, ejerciendo esta profesión, es lo que he titulado “El increíble caso de los Shakespeare´s espontáneos…” Resumiendo la trama podemos decir que hay gente que se levanta una buena mañana y se cree que es la reencarnación dramatúrgica del bardo. Lo más curioso es que esto ocurre, a veces, sin haber pasado ni tan siquiera por la puerta de un teatro y, mucho menos, habiendo leído alguna obra teatral. Son claros casos de abducción, donde la persona (letrada o iletrada) cree súbitamente estar en posesión de unos conocimientos dramáticos sólidos que le permiten la construcción de una obra teatral de innegable y superior valía.

Una vez abducidos, estos seres se prestan frenéticamente a escribir sus obras, aunque algunos no pasan de la primera, y una vez terminada la dan a leer, ufanos, a sus familiares y amigos. La mayoría de estos lectores incómodos, alaban y loan el engendro sin encontrar ninguna tacha que haga dudar de su valía al espontáneo.

Este, envalentonado, envía el manuscrito a los más importantes teatros y centros dramáticos de la nación y del extranjero. Seguro de sí mismo, también lo envía a algunas de las más ilustres figuras del teatro, el cine o la televisión (ya vamos creciéndonos y estamos en el ámbito intermedial). Dependiendo del nivel cultural del abducido los agasajados suelen ser los actores y actrices famosos, pero también directores de cine y teatro, o grandes escritores, en los que se busca un apadrinamiento (también espontáneo).

El nerviosismo se va adueñando del interfecto ante el silencio que sobreviene en las semanas posteriores. ¿No lo habrán recibido? Seguro que es culpa del servicio de correos. Este país no funciona… Pero no cunde el desánimo. Habrá que intentarlo, directamente, con las editoriales. Nueva tanda de envíos a las grandes editoriales (Planeta, Cátedra, etc.). Nuevo periodo de silencio. Nervios, inquietud, desasosiego…

Algo debe de estar mal enfocado. Entonces se inicia una frenética búsqueda en “google” para encontrar editoriales especializadas en teatro. Ahí no puede fallar. Es tiro fijo. Encuentra una, dos, tres, tal vez cuatro. No hay muchas. Y alguna parece, incluso, cutrecilla. No conoce a ninguno de los autores de su catálogo. Da igual. Seguro que este es el lugar. Luego ya vendrán las grandes editoriales, los actores famosos y los grandes teatros a buscarle. Lo importante es publicar. Y de ahí a la eternidad…

Nuevo periodo de silencio. Insufrible. De repente un editor contesta. Bisoño, le responde que no puede entrar a valorar su obra ya que no cuenta con un currículum y/ o una formación específica en artes escénicas. El espontáneo, ofuscado, contesta con despecho. Definitivamente, ha entrado en la categoría de los incomprendidos. Es un artista no valorado en su tiempo, y como tantos otros, su obra resurgirá de las cenizas en la posteridad.

De esta pequeña historieta podemos colegir que el arte (también el escénico) nace en el fondo de la mente del ser humano, como una necesidad primordial de su ser. Es cierto y necesario. Ahora bien, todas las cosas en el ámbito de saber humano necesitan de un aprendizaje. Uno no se levanta una mañana y construye la catedral de Burgos, ni pinta el Guernica, ni escribe Hamlet. Escribir es una cosa que (casi) todos sabemos hacer, pero otra cosa es la literatura. Y encima la literatura dramática tiene que pelearse en un escenario con todo un entramado psico-social que denominamos teatro. Casi nada… Y, por favor, no dejen de escribir.

lunes, 20 de marzo de 2017

COMEDIAS BÁRBARAS, DE RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN



COMEDIAS BÁRBARAS

DE

RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN



Edición y prólogo de Fernando Olaya Pérez

Tapa blanda. 340 pág. 15 x 24 cm. 
ISBN 978-84-946696-0-6. 18 euros.


http://www.esperpentoteatro.es/epages/78344810.sf/es_ES/?ObjectPath=/Shops/78344810/Products/121


PRÓLOGO (FRAGMENTO)


Las Comedias Bárbaras se componen de tres obras teatrales de Va­lle-Inclán: Cara de Plata (1923), Águila de Blasón (1907) y Romance de Lobos (1908). Se trata por tanto de una trilogía ambientada en la Gali­cia rural de mediados del siglo XIX. Su protagonista es don Juan Ma­nuel Montenegro, noble, mayorazgo, vinculero, hombre inhóspito para su tiempo pues parece vivir en un pasado que ya no existe. Se­ñor del mayorazgo y vinculado a sus tierras por herencia ancestral, está casado con doña María, señora a la antigua usanza, que también aportó su dote al mayorazgo, y tienen seis hijos ya mayores: don Pedrito, don Mauro, don Farruquiño, don Gonzalito, don Rosendo y don Miguel, el pequeño y más conocido como Cara de Plata.

Cara de Plata, aunque es la última obra que se publica, figura en pri­mer lugar en el orden cronológico de la trilogía. Continúa la acción en Águila de Blasón y se produce el desenlace en Romance de Lobos. De todas formas cada obra puede leerse y ponerse en escena indepen­dientemente, pues todas ellas tienen un planteamiento, nudo y des­enlace, que la trilogía lo que hace es enmarcar a un nivel superior.

El trasfondo histórico de las Comedias Bárbaras es la liquidación de una forma de vida. Son los últimos coletazos de un sistema social que ha caído en desuso. A la postre el cambio únicamente verificará que todo sigue igual bajo otras formas de relaciones sociales. Pero las perturbaciones en estas trastocan profundamente la vida cotidia­na de toda la población. La vinculación de los siervos (de la gleba, en terminología medieval) a la tierra que trabajan, no se va desmon­tando en España, en la práctica, hasta bien entrado el siglo XIX. La famosa desamortización de Mendizábal es el paradigma legal de una situación que todavía se prolonga de facto hasta pleno siglo XX. Al cambiar el sistema de herencia de los mayorazgos, por el que los primogénitos heredan todas las tierras, se produce una partición de estos que hará a sus detentadores irrelevantes socialmente. A la par que se van ganando en importancia otras fuentes de riqueza deriva­das de la revolución industrial, que va llegando a España de manera retrasada, lenta, pero inexorable.

La trama de las Comedias Bárbaras se centra, precisamente, en la caí­da de uno de estos herederos de los señores feudales, don Juan Ma­nuel Montenegro, que en las tres obras es referido por multitud de nombres (linajudo, vinculero, mayorazgo), pero que aparece en las entradas de los personajes como el Caballero. Su caída será inexo­rable, pues su poder ya no corresponde a los tiempos que corren. El mismo proceso de envejecimiento del protagonista es uno de los hilos conductores de la trilogía. En Cara de Plata, pletórico de fuerza y energía, es capaz de arrebatar a Doña Sabelita de los brazos de su propio hijo y convertirla en su barragana, o concubina. En Águila de Blasón muestra sus grietas al ser robado por sus propios hijos, que quieren cobrarse su herencia en vida, al mismo tiempo que es capaz de seguir desafiando a todo su entorno, que se desmorona. Pero en Romance de Lobos, con la muerte de su mujer legítima, doña María, se resquebrajará su ser por dentro. Haciendo acto de contrición re­nuncia a todo, para al final tener que ponerse al frente de los pobres para hacer frente al despótico ejercicio del poder por parte de sus desalmados hijos-lobeznos.


http://www.esperpentoteatro.es


CARA DE PLATA (FRAGMENTO)

ESCENA CUARTA

Huerto de luceros, la tarde, y entre cuatro cipreses negros, las piedras romá­nicas de San Martiño de Freyres. Son remotas lumbres las cimas de los mon­tes, y las faldas sinfónicas violetas. Pasa el rezo del viento por los maizales ya nocturnos, y se están transportando a la clave del morado los caminos que aún son al crepúsculo almagres y cadmios. San Martiño de Freyres, por la virtud crepuscular, acendra su karma de suplicaciones, milagros y cirios de muerte. Alanos de mujer encienden la lámpara del presbiterio. Vuela asustada una lechuza. SABELITA, en sombra, aparece bajo la lámpara, y en la puerta, refrenando el caballo, CARA DE PLATA.

CARA DE PLATA

¡Isabel!

SABELITA

¡No me hables!

CARA DE PLATA

Levanta los ojos para mí.

SABELITA

No quiero mirarte.

CARA DE PLATA

¿Tanto me aborreces?

SABELITA

¡Espanto me das!

CARA DE PLATA

¿Sabes de dónde vengo?

SABELITA

De alguna obra mala.

CARA DE PLATA

De brindarle las paces a tu tío.

SABELITA

Eres tú muy soberbio para ello.

CARA DE PLATA

Soy más enamorado.

SABELITA

¡Tarde del amor acordaste! ¿Y mi tío, a tus paces qué ha res­pondido?

CARA DE PLATA

El trabuco sacó de la sotana como si fuese un Santo Cristo.

SABELITA

¡Lástima no haberte matado!

CARA DE PLATA

¿Por qué quieres vestirte de luto?

SABELITA

¡Me vestiría de grana!

CARA DE PLATA

¡Embustera! ¡Isabel, bodas sellan paces!

SABELITA

¡Las cruces te hago!

CARA DE PLATA

¡Por el asilo de la iglesia no te prendo ahora por la cintura y te llevo robada sobre mi caballo!

SABELITA

¡Pirata!

CARA DE PLATA

¡Isabel, adiós!

SABELITA

¡Adiós, Carita de Plata!

Entra FUSO NEGRO con el bonete lleno de piedras por la puerta de la sacristía, y se extingue el sonoro galope con que se aleja CARA DE PLATA.

FUSO NEGRO

¡Touporroutóu! Juntando para una casa. ¡No bastan siete mil bonetes! ¡No bastan! ¡Si bastasen! Tengo que hacerme la casa, y prontamente. Me viene una moza embarcada de América. ¡Touporroutóu! ¡La tengo preñada! Aún no la he visto y traba­jo todas las noches con ella. Pecamos a las escuras. ¡Hay que pecar! ¡El que no peca se condena!

SABELITA

Respeta la iglesia, Fuso Negro.

FUSO NEGRO

Ya la respeto. Espera que tenga la casa levantada, y nos ajun­tamos. ¡Touporroutóu! A la otra tengo preñada. Trae en el bandullo treinta y siete varones y treinta y siete hembras. Esta noche voy en el caballo del viento, trabajo contigo y a ella la degüello.

SABELITA

¡Fuso Negro, no me asustes! ¿Qué quieres aquí?

FUSO NEGRO

Mirarte.

SABELITA

¡Vete!

FUSO NEGRO

¿Me das para un vaso?

SABELITA

¡Vete!

FUSO NEGRO

Si no me das para un vaso, enséñame las piernas.

SABELITA

¡No me asustes, Fuso Negro!

FUSO NEGRO

¡Touporroutóu! ¡Ay, canela! ¡Dame para un vaso!

SABELITA

No tengo.

FUSO NEGRO

¡Qué buena idea, de mala idea, soltar el vino todo que hay en el mundo, todo a correr en una fuente de cien mil tornos! ¡Qué idea más buena! ¡Y que las vacas, en vez de bostas, ver­tiesen panes por bajo del rabo! ¡Otra buena idea! ¡Pero de mé­rito! Todo anda mal. El mundo va descaminado. Yo sé el re­medio, y otros lo saben. Ninguno lo declara. Al primero que hable, cuatro tiros, mandamiento del cabrón gobierno. Satanás podía gobernar el mundo a satisfacción de unos y de otros. ¡Touporroutóu! Siendo, como es, tan lagarto, podía darse con todos la lengua.

SABELITA

¡Respeta la iglesia! ¡Vete que me asustas, Fuso Negro!

FUSO NEGRO

Reinando Satanás, las mujeres andarían en cueros. De punta de viernes a punta de viernes, beber y comer con fornicamen­to. Mal gobernado el mundo, sería algo de mérito. ¡Cara boni­ta, amuéstrame las piernas!

SABELITA

¡Vete!

FUSO NEGRO

No quiero.

SABELITA

¡Vete, o doy voces!

FUSO NEGRO

¡Amuéstrame las piernas, puñeta!

SABELITA

¡No me asustes, Fuso Negro!

FUSO NEGRO

¡Touporroutóu! ¡Qué blanca eres! ¡Dame una vicada, concho! ¡Madre Santísima, qué virgo tienes!

El románico pórtico, bajo los santos de piedra, el fálico triunfo, la risa en ba­landros, los ojos en lumbre, la greña frenética. SABELITA, con un grito, invoca al lejano caminante de los caminos crepusculares.

SABELITA

¡Socorro!

FUSO NEGRO

Concho, que te como la lengua.

SABELITA

¡Socorro!

Imprecador y violento, por el muro del atrio salta impensadamente un negro jine­te, y el loco se revuelve bajo las herraduras, greñudo y espantable, como los moros del señor Santiago. Después, convulsa y blanca levantada en el arzón, la niña desmaya la frente sobre el hombro del CABALLERO.

SABELITA

¿Padrino, a dónde me lleva?

EL CABALLERO

¡Conmigo para siempre!

SABELITA

¡Para siempre!...

En el camino, una vieja halduda se aparta casi bajo las patas del caballo, y se hace la cruz.